viernes, 5 de abril de 2013

SANTOS YUBERO: FOTÓGRAFO DE LA ESPAÑA DEL SIGLO XX

A comienzos del siglo XX nació en Madrid el que sería uno de los miembros más destacados de la segunda generación de reporteros gráficos madrileños. Me refiero a Martín Santos Yubero. De joven podría haber formado parte de esas cuadrillas de jóvenes un tanto descarriados de la España de comienzos de siglo, pero un trabajo en la todavía abierta tienda de la firma Loewe de la Gran Vía de Madrid, le alejó de ese mundo de la calle, para posteriormente ingresar como aprendiz de un estudio de fotografía.
En 1920 estrena una máquina Kodak de cajón con la que realiza los primeros reportajes, sus trabajos llaman la atención del director de La Nación, diario vinculado al gobierno de la dictadura de Primo de Rivera, y forma parte de su redacción.
Con la llegada de la República, a Martín Santos Yubero se le abren las puertas de un quehacer más profesional y comprometido con la nueva situación del país, empezando a formar parte del grupo de reporteros madrileños.

Celebración de la 2º República

Era la época en la que proliferaban los semanarios ilustrados, pero Santos Yubero nunca dejó de trabajar por libre, lo que le permitió colaborar en distintos medios de ideologías contrarias, como Ahora, ABC, Estampa, Luz, etc.

La España republicana

En 1933 se unió al equipo del novel diario Ya. Un año más tarde se hizo cargo del servicio gráfico de dicho periódico. Por aquél entonces cuenta con una cámara Contax de 35 mm.

El inicio de la guerra civil española trunca este proyecto, volviendo a usar su vieja cámara de cajón Kodak, con la que trabajó en los años de la contienda, en sociedad con los hermanos Benítez Casaus, creando con ellos, una agencia gráfica que remite sus trabajos fotográficos a diarios como La Voz, La libertad, Crónica y ABC en su versión republicana de Madrid.

Finalizada la contienda fratricida, volvió al diario Ya. En esta etapa cubrió, junto con un magnífico equipo de profesionales, los acontecimientos más importantes de los años de la postguerra. Sus trabajos son fiel reflejo de la vida cotidiana de Madrid, de la España campechana, de la que pasa hambre y pide por sus calles, la que celebra sus verbenas en calles y plazas, la que se acude a los espectáculos de la época y de esa España oficial que vive en el régimen de la dictadura franquista.

Asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio de 1936
Niños en Cibeles al final de la guerra














En las imágenes que a continuación exponemos se incide en que la obra de Santos Yubero no sólo refleja los hechos históricos que se suceden. Sus fotografías proyectan la vida  de Madrid, sus celebraciones y festejos, la que combate los meses del calor sofocante en las aguas del río Manzanares, a los pies del puente de los franceses, el Madrid de los mercados en el barrio de Lavapiés, la que despide a los jugadores de la selección española de fútbol en la estación de Delicias, camino de la disputa de un partido en la vecina Portugal. No podía faltar la España del espectáculo que hemos detallado en la fotografía del "califa" Manolete.
A lo largo de su carrera plasmó los grandes acontecimientos históricos del siglo XX. La remodelación urbana de la capital, los hechos más relevantes de la dictadura de Primo de Rivera, también la de Berenguer, los días de la segunda república, los años de la guerra civil y la realidad de la España de postguerra. Falleció en Madrid en 1994. Su archivo fotográfico se custodia en la Comunidad de Madrid.

Mercado en Lavapiés

La España franquista se remoja en el río Manzanares

La España oficial de Franco

La vida diaria de Madrid

La selección española de fútbol en la estación de Delicias camino de Lisboa

Manolete

El gran Alfredo Di Estéfano









martes, 12 de marzo de 2013

MUERTE DE UN MILICIANO




Hay debates que entiendo son estériles. No quiero decir con esto que pueda oponerme al contenido de un documental, a su carácter científico y divulgativo, que pueda aportar argumentos sólidos, en un sentido o en otro, acerca de si la muerte de un miliciano es una fotografía captada en el preciso instante en el que una bala impacta en su rostro, o bien si se trata de una fotografía “preparada” por Robert Capa para mostrar a la humanidad la barbarie de una guerra fratricida, o simplemente para contribuir a la vanidad de un fotógrafo que experimentaba, por primera vez en la historia, sobre la profesión del fotoperiodismo.

Sea como fuere, la fotografía de Capa causó un gran impacto. Sea como fuere, la fotografía se convirtió en icono y símbolo de la guerra civil española.

La instantánea de Robert Capa es trágica. Un miliciano en una postura similar a la de un Cristo crucificado, rompe su carrera por la ladera de un cerro cordobés, cayendo abatido, con un rostro roto y crispado, expirando sus anhelos y deseos de una forma de concebir España, ante el alzamiento de un ejército sublevado.

Este miliciano no tenía uniforme militar. Una camisa blanca, convenientemente remangada, unas cartucheras y un pequeño zurrón, eran sus pertenencias personales. Sólo el fusil dormido en una de sus manos, mirando al cielo, acredita la existencia de la guerra; también la gorra, con borla del soldado, pero esa, no dispara.

Y así, la casualidad o la escenografía, cala en la mente y en el corazón de los que la visionan, y convierte la fotografía en el referente de la contienda civil española.

Hay secretos que además no conviene revelar. Los distintos testimonios que avalan una u otra tesis sobre la fotografía, te posicionan en uno u otro sentido. Al final la muerte de un miliciano queda envuelta en una especie de misticismo que la hace aún más grande, y que cada polémica, que en un futuro surja sobre la misma, hará crecer más y más, la imagen del hombre abatido, por su visceral perfección.

Hay secretos que ni tan siquiera conviene investigar. Ojalá nunca aparezcan unos negativos para no romper ese envoltorio de grandeza. Hay fotografías que no están hechas para recordar, se hacen para que los demás podamos comprender. Con la fotografía de Capa hemos comprendido la inutilidad de una guerra entre hermanos.

viernes, 8 de marzo de 2013

BYE PRESIDENTE


BYE PRESIDENTE

Por un momento me he situado en Noviembre de 1975. Vienen a mi memoria la imagen del presidente Arias, con lágrimas en los ojos, comunicando la muerte del caudillo Franco. Evoco el miedo familiar, ese era mi ámbito más estrecho en aquella época, ante lo que el futuro más inmediato nos pudiera deparar. Recuerdo el testamento político, plagado de miedos y recomendaciones, que nos quería hacer ver que todo estaba “atado y bien atado” y, por último, las largas colas en las que miles y miles de personas profesaban al caudillo su último tributo y admiración.

Todo era en blanco y negro.

En Marzo de 2013 esas escenas vuelven a repetirse. Ha fallecido el caudillo Chávez. En común con el anterior, eso, el caudillaje. La diferencia, que el caudillo Chávez viene legitimado por unas elecciones democráticas y , el caudillo Franco, carecía del refrendo de unas urnas. La democracia puede llegar a legitimar regímenes personalistas y autoritarios, basta con mirar a la Venezuela del caudillo Chávez. Las mismas lágrimas, un testamento plagado de vocablos populistas y de lo que muchos ya denominan como “chavismo”, y colas de cientos de miles de venezolanos, que rinden su homenaje al líder, al que la enfermedad más mortal de nuestros tiempos ha derrotado.

Todo ha sido en color.

El caudillaje siempre emerge tras una época de gran crisis. Así ha sido históricamente y seguirá siendo. La Venezuela, sacudida por la pésima gestión de conservadores y socialdemócratas que algunos definieron como cleptocracia,  dio paso a la figura de un Hugo Chávez que tomó el relevo, tras una primera intentona golpista fracasada, de un país descompuesto por la corrupción, que implementó desde el primer instante, una política de enfrentamientos, del todo y del nada, en la que el todo es lo bueno, y ese evidentemente era Chávez, y nada es lo malo, y ese, claro está, no era el émulo de Simón Bolívar.

El chavismo es polarización, no hay término medio. Así se construye un régimen populista. Populista viene de pueblo, y es ahí donde uno ha de aferrarse para la ideología cuaje. Pero no sólo eso, otros también lo intentaron y fracasaron. Es necesario tener carisma. Caer bien, en gracia, y que tus actos, graciosos o no, calen, penetren en ese pueblo y, con el tiempo, te lleguen a idolatrar. Eso es difícil, provocar alabanzas cuando lanzas exabruptos antiimperialistas, a pesar de que necesitas al imperio para subsistir, y convertirte en padre material y espiritual de los más desfavorecidos, a los que repartes dádivas y subsidios y, al mismo tiempo, los tienes constreñidos con las limitaciones que le impone para la compra de los alimentos más básicos.

Oye, que tiene su mérito.

Por unos llamado loco, por otros, el cristo de los pobres. Eso es el populismo, pasión y rechazo. Un porcentaje muy amplio de la población venezolana no lo admite. Entienden que no se ha generado ni explotado la riqueza con la que la naturaleza ha dotado al territorio. Amor y odio.

El populismo necesita a los medios de comunicación. Sin ese poder nadie, en el mundo actual, puede subsistir. Se puede ser carismático, tener ese don natural, pero sin la ayudita o el empujoncito de los medios, como que no.

Y el caudillo Chávez pasó a ejercer su control. Este caudillo sometió a la población a un interminable “reality” que a buen seguro arrasó en los índices de audiencia. Y cuando ésta desfallecía, nada como salir a la calle, a contactar con las masas y, con ayuda de las cámaras, lanzar mensajes de “exprópiese” para granjearse nuevas y cuantiosas simpatías.

Y mientras, muchos tienen que emigrar.

El debate actual se centra en si el chavismo sin el caudillo Chávez va a pervivir. Mi opinión es que al igual el franquismo sin franco no sobrevivió, el régimen personalista y autoritario de Chávez tampoco va perdurar. Tendrá sus coletazos, de eso no me cabe la menor duda, pero poco a poco se irá diluyendo con el paso de los años.  
    
Genio y figura hasta en la sepultura, nunca mejor dicho. Hoy nos levantamos con la noticia de su embalsamiento para perdurar por los siglos de los siglos. Mucho me temo que sin duda constituirá visita turística para muchos, como lo es el mausoleo de Lenin o el Valle de los caídos para los que añoran al que fue caudillo de España.

Allí acudirán los que suspiran por el neosocialismo del siglo XXI. Admirador de él, Cayo Lara, pero no me imagino en España un “cayismo” o un “larismo”. Devoto es, igualmente, el portavoz de IU en el parlamento andaluz, José Antonio Castro, que no reúne precisamente ni nombre ni apellidos como para formar una ideología que penetre en el pueblo. De José Antonio, “joseantonianismo”, de Castro, “castrismo”. ¡Qué miedo!

Bye presidente Chávez, caudillo de Venezuela. Émulos te saldrán que bueno te harán. Si no, al tiempo. ¿Verdad Cristina? ¿Verdad Evo? ¿Verdad Correa?


jueves, 7 de marzo de 2013

SIMBOLISMOS BORROSOS


SIMBOLISMOS BORROSOS



Dentro del libro  EL MALESTAR DE LA DEMOCRACIA Editorial Crítica. 2008 de V. Pérez-Díaz, he analizado el capítulo 4 de la obra, donde el autor parte de del concepto “imaginario social” que debemos considerarlo como una herramienta de interpretación y de conocimiento de la realidad social. Esta interpretación puede ser individual o grupal. El imaginario social está compuesto de teorías y simbolismos. Estos últimos, referidos a la idea de símbolo, es decir, aquellos que conectan una palabra o imagen asociada, y que no pueden ser considerados como algo estático, ya que crecen y evolucionan a partir de otros, a través de pensamientos que indican conceptos. Los símbolos, pues, se extienden entre la gente, crecen en significado y, como hemos indicado, se desarrollan.

El autor habla de simbolismos borrosos, ahí coloca a los políticos, y los sitúa en una línea invisible, tratando de prevenir a los ciudadanos con una serie de herramientas para manejar esa borrosidad, en concreto los de dominación de la clase política, que tiende a beneficiarse de esa falta de concreción y de la retórica que envuelve todo lo político.

La borrosidad de los símbolos políticos se manifiestan en múltiples aspectos. Los vamos a analizar.  

Orden, autoridad y buen gobierno a cambio de obediencia, pudiendo crear en la población una serie de convicciones necesarias de permanencia en ese sistema, pudiendo generar, en determinadas ocasiones, hasta una especie de entusiasmo hacia el propio poder, un convencimiento de que, sin ese poder, todo sería una caos.  

V. Pérez-Díaz mantiene que el estado moderno democrático hereda y hace suya la pretensión de un poder soberano, y que graciosamente concede a los ciudadanos una serie de derechos civiles y humanos, que se plasman en un contrato social, surgiendo, de esta forma, un nuevo componente de ambigüedad, que proviene de la contradicción entre la propia soberanía y esos límites, reflejándose en las narrativas sobre la fundación de naciones, en la elaboración de constituciones y en los contratos sociales.

Este contrato social estructura las relaciones entre gobernantes y ciudadanos. Las constituciones dan forma a esos contratos, formando un entramado constitucional con una carga simbólica muy alta, al manifestar y al tiempo disimular que ese texto constitucional es el resultado de una negociación entre el estado y la sociedad, y seguirá siendo el resultado de una reinterpretación continua de esa negociación en el futuro.

En los estados modernos democráticos el poder político implica siempre la inserción del poder en el contexto de planes y programas orientados a la eutaxia de la sociedad. Una parte del todo social puede proponer a la otra esos planes y programas. La eutaxia es la relación entre los planes y programas vigentes en una sociedad política en un momento dado y el proceso efectivo real en el que dicha sociedad se desenvuelve. Y para conseguirlo  se nutre de burocracias eficaces, del poder militar, un poder retributivo, infraestructuras, medios de comunicación, servicios, etc. El estado puede llegar a manipular e influir el espacio público a través de medios de comunicación afines. Con todo, en ocasiones, el grado de coherencia del estado, suele estar inmerso en lo que el autor denomina ceremonia de la confusión, donde no se produce concordancia de ese orden.

El estado también debe reservarse de un margen de discrecionalidad, la de ser impredecible. Para ello tiende a reorganizarse y al cambio. Se apoya en una legislación y reglamentaciones, actos administrativos que nos dejan entrever que, bajo ese aparente orden existe otro de desorden, que la maquinaria es compleja pero que se encuentra coordinada.

La política democrática tiene un lenguaje político. Lo más importante de ese lenguaje no es tanto su contenido denotativo como su elocución, la manera de hablar para expresar conceptos, el modo de elegir y escribir los pensamientos y las palabras en los discursos. Proporcionan etiquetas para involucrar a los ciudadanos en la vida política, y aumentar la dependencia respecto a los políticos, esos que desempeñan su papel a la hora de pronunciarlas en los escenarios adecuados.

Otro aspecto que se analiza es el de los mesogobiernos, es decir, los poderes regionales o autonómicos que se implementan, en principio, dando un enfoque como si de una cesión de poder se tratara, cuando en verdad encierran un nuevo poder más, que acoge a nuevas élites, esta vez de tipo regional o local, que asumen unas competencias cedidas o delegadas, y que se mueven con los mismos parámetros que el estado central. Se corre, en determinados casos, el riesgo de frentes nacionalistas que, caso de prosperar, constituirían un nuevo estado, cargado de los mismos simbolismos borrosos.

Se hace referencia a los grupos económicos y sociales a los que el estado acude para la resolución de problemas. Para V. Pérez-Díaz esa relación triangular, formada por el estado, socios y ciudadanía, tiende a debilitar las relaciones entre la población, los grupos de interés en cuestión y el propio estado. Al mismo tiempo, es conveniente señalar que, como observamos, y éste es un tema ampliamente debatido, la financiación de esos grupos, corre a cargo, principalmente, de los presupuestos generales del estado, con lo que la independencia y autonomía, en aspectos de interés para los ciudadanos, deja mucho que desear, pudiendo llegar a cuestionarse el propio papel de los propios grupos económicos y sociales.

La creación del llamado estado de bienestar, fue la respuesta de las democracias occidentales, ante el  modelo definido por los países comunistas que, no olvidemos, en los primeros años posteriores a la segunda de las grandes guerras, gozaron de un fuerte crecimiento económico. El autor comenta que el estado se ha ido apropiando históricamente de conceptos que eran propios de un escenario público social más que político estatal. Sea como fuere, ésta es una exigencia de la sociedad, en tiempos actuales, que más se demanda en tiempos de crisis económica, y  a la que el estado deberá dar respuesta con mayor urgencia. Tal vez en este punto sea donde un mayor esfuerzo deberá realizar al haber cobijado esos sentimientos de apego de lo social con lo político, y haber acostumbrado a la población a estar cobijada bajo el paraguas de la protección. El futuro, el mañana, es lo que mayor incertidumbre genera en las personas.  

Por último, las campañas electorales, el llamamiento al voto, la identificación con el pueblo protagonista, referente de la acción de los políticos. Estamos ante la fiesta de la democracia, el día en el que nos sentimos algo más cuando caminamos a la urna mágica donde depositamos la fe y la esperanza en el mañana.

La comunicación política tiene una característica básica: siempre es negativa. Las campañas electorales y los mensajes políticos, siempre se montan sobre la base de unas propuesta propias y programas que difícilmente pueden cumplirse, pero, fundamentalmente, para contrarrestar los programas del oponente, por lo que poco pueden aportar a los ciudadanos desde un punto de vista constructivo.

Este capítulo me ha hecho reflexionar en muchos aspectos. Hoy todo se cuestiona y esa crítica siempre es bienvenida. Hoy y no ayer. ¿Si no viviéramos una profunda crisis económica nos cuestionaríamos los simbolismos borrosos? ¿No sería igual de injusta, por citar un ejemplo, una ley decimonónica hipotecaria, que estaría en vigor, si los vientos económicos fueran favorables, y no se produjera, por ende, la peregrinación de desahuciados pidiendo justicia, y su derecho fundamental y constitucional a la vivienda? ¿No es la sociedad también responsable? ¿No estamos ante una situación que es consecuencia de la falta de valores y principios éticos en la sociedad? ¿No vivimos en una sociedad en que lo que prima es el espectáculo?

Y al mismo tiempo, las diferencias cada vez son mayores.

El cuestionamiento de los símbolos, bajo mi punto de vista, también sería razonable que se realizara en momentos de mayor estabilidad. Sí, ya sé que las revoluciones, su propio concepto, siempre implican ruptura violenta con lo anterior. El mundo ha cambiado. Todos hemos cedido competencias a organismos supranacionales porque así lo hemos decidido. También debemos ser consecuentes con nuestras propias decisiones, salvo que cuestionemos también el propio procedimiento de decisión, y entremos en una espiral que nos lleve a ninguna parte o caminos de difícil salida.

¿He contribuido yo a la existencia de los simbolismos borrosos?

Creo que sí. Como todos. Soy responsable. Tal vez a muchos le falte realizar ese propio ejercicio de responsabilidad, para tener, de estar forma, una visión más real y poder implementar unas soluciones también más reales. O no, no lo sé.

¿No estaremos ante la propia evolución de los propios símbolos?

Pero los ciudadanos necesitamos, cada vez más, respirar…